Quo vadis Domine?

Luego nosotros, los que vivimos, los

que quedamos, juntamente con ellos

seremos arrebatados en las nubes a

recibir al Señor en el aire, y así

estaremos siempre con el Señor.

Tesalonicenses 4.17

 

I

 

El rosetón de la iglesia se alzaba ante mí como un ojo vacío, racional, abstracto. Una fachada ciclópea que me escrutaba. Y la boca amarga de la entrada que me disuadía a ingresar. Un monstruo ominoso y brutal, petrificado en su desdén. Aparte de esto, casi no reconocía el resto del frente, aunque creía recordarlo más grande. Lentamente entré, mientras una catarata de recuerdos me invadía y un indefinible olor disparaba cascadas de memorias que surgían del fondo de mi niñez, hasta parame donde comenzaba la nave, que se extendía en filas sucesivas de bancos de madera, hasta llegar al Cristo que me daba la bienvenida con sus brazos torturados, su mirada implorante al cielo, en la agonía de la crucifixión. A mí izquierda, estaba el otro Cristo, el yaciente, el Cristo dormido, sereno en su sueño de muerte, con sus heridas sangrientas, sobre todo la provocada por la lanza en su costado, que tanto me había atemorizado cuando niño. Recordé con intensidad el antiguo terror de pensar que estaba a punto de abrir los ojos y mirarme, con dolor y reprobación. Allí estaba luego de tantos años (siglos, vidas) frente a mí y aunque ya no producía el mismo efecto, reconozco que me produjo cierto sobrecogimiento.  Busqué la primera banca para sentarme, y para mi sorpresa eran las mismas bancas en las que me sentaba y arrodillaba para rezar en mi niñez. Mi mirada se perdió en la nave vacía, en un sueño vago, difuso, aunque cada tanto despertaba y de reojo miraba al Cristo, temiendo que me sorprendiera parado junto a mí, con su mirada doliente.

Una enorme cruz colgaba detrás del altar. Me pregunté cuando habrían borrado, sobre y detrás del altar, el mural del Cristo levantado por los trabajadores, sostenido en pie por distintos obreros que tiraban de varias cuerdas como si lo sujetaran, o más bien como si hubieran erguido a Jesús cual monolito monumental. Ver esa pared semicircular vacía me sumió en la tristeza y la melancolía de evocar un pasado que jamás volvería. ¿Cuántos otros objetos o lugares perdurarían como borrosos fantasmas sólo en mi memoria? Pensé con amargura, que cuando muriera, desaparecerían para siempre. Como también desaparecería yo, cuando, después de muerto, las personas que me recordaran fueran muriendo una a una, hasta que todo trazo de existencia se perdiera. Todo ese universo infinito que alguna vez había sido, con mis amores, odios, anhelos, soles, sonrisas, todo se desvanecería en la nada y quizás en una o dos generaciones más, o quizás antes, nadie sabría que había existido alguna vez.

Para alejarme de esa pesadumbre, desvié mi mirada hacia la estructura de la iglesia. Repasé una por una sus columnas, luego sus arcos y por último el techo abovedado que pendía a quince metros sobre mí. Casi de inmediato me pareció estar viendo un antiguo esqueleto fosilizado, de un animal antiguo y monstruoso, un legado de otra era que había perdurado hasta nuestros días. Veía sus costillas, petrificadas, conservadas por la piedra, su caja torácica descomunal, sin cabeza ni cola, la espina dorsal en el ápice de la bóveda. La eternidad del fósil y la roca. Quizás algunas cosas, guardando remotos ecos de lo que fuimos, si sobreviviría, al menos por algún tiempo, hasta que también se desvanecieran.

Volví a vigilar de reojo al Cristo yaciente, que dormía su sueño eterno a mi izquierda, y mientras lo hacía, comenzó a entrar gente. Ningún joven, todas señoras de más de sesenta años y alguna que otra con menos edad. Casi ningún hombre. Aparentemente iba a comenzar la misa, y si bien tenía toda la intención de irme, algo indefinido, pero poderoso, me retuvo en el banco. Cierta pesadez, cierta onerosa opresión me impedía salir de allí. Por un momento mi mente quedó nuevamente en blanco, flotando y mirando al vacío, hasta que de pronto, atrás y a mí derecha, acercándose por el pasillo central, sentí unos tacos de mujer que se aproximaban, y luego me pasaban, hasta sentarse dos bancos delante de mí. Era una mujer de mediana edad, vestida con pompa  y circunstancia, que contrastaba con los demás penitentes, ya que obviamente pertenecía a la clase alta. Quizá demasiado alta. Evidentemente alta. Por un instante pude ver su mirada despectiva y su ademán arrogante, su evidente actitud de nuevo rico. Dejé que mi imaginación se elevara y empecé a cavilar quién podía ser. ¿Quizás la mujer de un político? ¿Por qué no la esposa de un sindicalista, o de un empresario? Toda la elite gobernante del país (una verdadera casta de intocables, no como la clase india, sino verdaderos intocables en sus privilegios e impunidad) compartía la misma soberbia, la misma decadencia y corrupción que había destrozado este otrora luminoso país. Porque la brutalidad, ignorancia y salvajismo los infectaba como un virus venenoso, que los transformaba en cavernícolas brutos, violentos, peleándose con garrotes por un último pedazo de carne cruda. Eso sí: indefectiblemente ricos. Corruptamente ricos. ¿Qué haría en misa?

Mis ocurrencias derivaron en aguas más sombrías. Quizá fuera la mujer de un “capo” narcotraficante, los verdaderos lores del país. Porque todos los demás, que para salvar las apariencias, figuraban en el timón, eran solo títeres cuyos hilos invisibles manejaban el verdadero, fáctico poder real. Hacía unos veinte años que este verdadero cáncer se había extendido en metástasis horrenda por toda la sociedad, pero había comenzado corrompiendo el lugar más obvio: la dirigencia, financiando campañas, invirtiendo dinero sucio en empresas, poniendo en la nómina a los inefables sindicalistas. Haciendo propias las fuerzas de (in)seguridad, que ya antes eran poco más que un chiste. El resto de la sociedad había mirado para otro lado, contenta con una de las tantas “bonanzas” ficticias que les regalaban (les hipotecaban, mejor dicho) los gobernantes de turno, cada tantos años. Y aquí estaban ahora. Convertidos en la misma sangre putrefacta de la nación, dueños absolutos de vida y muerte en su territorio.

Mientras me hundía en la tristeza de estas reflexiones, creí notar que el Cristo a mi izquierda se movía, y alarmado y con terror, volví mi mirada hacía ese rincón de la iglesia. Para alivio de mi corazón exaltado, sólo era un hombre que pasaba por el pasillo lateral hacia adelante. Un hombre evidentemente pobre, muy pobre, con los pantalones y el saco raídos, los zapatos rotos. Tenía el pelo y la barba largos, canosos. Era un viejito. Recordé como llamábamos a personas así en otros tiempos remotos: “crotos”. Pobres, humildes, con ropa vieja, pero sin embargo, limpios y bondadosos, dignos y trabajadores, que deambulaban por las calles de mi niñez, acarreando su saco o bulto de ropa, mientras deambulaban por la existencia.

Para mi sorpresa, fue a sentarse al lado de la mujer de clase alta, que se ubicaba dos bancos delante de mí. Esta lo miró de soslayo, con furia y desprecio, que apostaría él no notó. Hizo un ademán, apenas perceptible, de levantarse para ir hacia otro banco, pero justo en ese momento entró el padre a dar la misa y al pararse todos para comenzar el rito, obligaron quizá a la mujer a quedarse en su lugar.

La luz, una luz blanca, fuerte, pura, llenó la nave de la iglesia de una claridad insospechada un momento antes, bajó sobre todos nosotros al mismo tiempo, como un bautismo espiritual que nos enviaban del cielo.

 

II

   El avión descendía sobre la ciudad, que se extendía, al parecer sin límites, desde la llanura hasta el río marrón. Una mega polis babilónica, laberíntica e infinita, según diría un escritor excepcional del siglo pasado. Sobrevolamos barrios diminutos e interminables, evidentemente pobres, ya se podía percibir a pesar de la velocidad su ruina, luego islas de riqueza impúdica y cercada, donde se desarrollaba un Edén privado seguramente para ricos y famosos. Pasaron luego unos edificios y por último llegó la pista. Luego de aterrizar y hacer los trámites correspondientes, me dirigí por la nave a la salida. Y aunque al principio era igual a otras terminales de otros países, con las mismas personas yendo y viniendo con sus equipajes, con mayor o menor apuro, sólo que un poco derruida y falta de mantenimiento, pronto la ilusión de arribar a otro planeta, poblado por seres distintos a los humanos, cobró fuerza.

Me había ido del país hacía veinte años, luego de la muerte de mis padres, con la firme intención de no volver jamás. Ya en aquel tiempo la sociedad vernácula había iniciado su lento, pero firme y sostenido descenso al infierno y la barbarie. Sin embargo esta vez no pude escapar. Mi empleo me había arrastrado hacia el sur contra mi voluntad.

Estaba tratando de ubicar la salida, una tarea casi imposible por la falta de letreros y la ausencia de personal a quién preguntar, cuando frente a mí, con una sorprendente rapidez, la multitud de pasajeros sonámbulos se apartó del medio de la nave como aguas abiertas por Moisés. Avanzó hacia mí, que estaba paralizado por el asombro, una marea incontenible, una inundación repentina como esas de los cañones del desierto, aunque esta estaba formada por una horda vociferante de neandertales, todos tatuados, inexorablemente brutos, cuyos rostros mostraban todo vicio y maldad posible. Avanzaban indetenibles vociferando un canto gutural, salvaje, horrendo, incomprensible. Eran la involución de la especie.

Fui apartado bruscamente por otra clase de homínido, alto – calculé que tenía por lo menos dos metros de altura- robusto, que parecía salido de una película de ciencia ficción: tenía una especie de armadura que supuse sería un chaleco antibala extendido, un casco de militar y un enorme fusil automático. Me había hecho a un lado con un bastón o garrote de aspecto temible. Cuando recuperé el equilibrio- casi me tira al suelo del empujón brutal que me propinó- pude ver en su espalda el cartel de Policía Privada.

La horda de energúmenos violentos y soberbios pasó desafiante ante la pasividad y resignación de la gente. Muchos mantenían temerosos las cabezas bajas. Los únicos sorprendidos parecíamos ser los poquísimos extranjeros presentes.

Salí de la terminal. Una vez en el taxi le pregunté al chofer quienes eran.

Barrasbravas – me respondió mientras se dirigía a la salida-. Al principio eran, supuestamente, hinchas fanáticos de los distintos clubes de fútbol, pero luego pasaron a controlar los estadios y sus alrededores cobrando peajes al resto de la gente; más tarde a controlar los clubes con la extorción y la intimidación, con el aval de los políticos que los usaban de fuerzas de choque, para luego pasar al narcotráfico y el control territorial. Son dueños de la Policía Privada y con ella extorsionan al estado. Son intocables- me explicó.

– Recuerdo a los barrasbravas- le conteste-. Cuando vivía aquí ya hacían uso de la violencia.

Asintió y luego me contó cómo habían hecho desarticular la policía estatal y obligado a los políticos a contratar a su ejército privado. Tenían el doble propósito de control e intimidación a la población. Además eran expertos en ejercer impunidad para cubrir todos sus crímenes. El taxi se detuvo ante el retén de control a la salida del aeropuerto. Cubriendo la misma había dos pequeños tanques, varios vehículos acorazados y unos cien soldados privados.

– ¿Por qué tanta seguridad?- le pregunté una vez hubimos pasado. Me contestó que el aeropuerto era una de las pocas zonas seguras de la ciudad. A partir de allí y hasta el centro- otra de las zonas seguras – la ciudad era el “Far West”. Sus palabras exactas. Eso explicaba por qué el taxi estaba casi blindado, hacia el exterior y entre el conductor y el pasajero. Me recordó a uno de esos autos de “Mad Max”. Mientras acelerábamos hacia el centro, desfilaba por la ventanilla  el paisaje de un planeta asolado por la guerra.

*

   Los tres días que pase en esta Babilonia decadente fueron surrealistas. Un viaje en cámara lenta por el infierno, aunque sin la sabia compañía de Virgilio. La compañía me dio un auto con dos guardaespaldas. Tendría que usarlos y seguir sus indicaciones mientras estuviera en misión de la empresa. También me hicieron firmar un contrato estipulando que seguiría las indicaciones de estos “asesores” de seguridad (muy lindo eufemismo), así como un contrato de seguro personal de vida por mi estadía oficial, lo que me pareció una siniestra broma.

La ciudad estaba destruida. No solo había baches, sino cuadras enteras cerradas por falta de reparación. Falta de semáforos, muchas de los cuales habían sido arrancados  del cemento (lo que justificaba las maniobras suicidas de los conductores), señalización inexistente, toda superficie concebible estaba cubierta de graffitis u obscenidades, ningún oficial de policía para hacer sentir la autoridad del estado y basura, basura y más basura, putrefacta, maloliente, pestilente acumulada en cada calle, esquina y en general todo espacio para transito. Los parques habían perdido el sentido, salvo como mercados de narcotráfico y delincuencia, intercambio de objetos robados y toda actividad criminal imaginable, lodazales corrompidos hasta los cimientos, que ninguna persona decente utilizaba. Las propiedades privadas también estaban destruidas, ya que en ese entorno no tenía sentido conservarlas o reparar su exterior. Sin embargo, estaban rodeadas de rejas, alambradas electrificadas y carteles que alertaban sobre la posesión de armas de fuego por parte de los dueños. Hasta los techos estaban cubiertos por alambres de púas. Pero lo más sorprendente era la ausencia casi total de personas en las calles.

– La gente en su mayoría trabaja desde sus casas, salvo por algunos oficios que deben realizarse en el exterior y que están muy bien remunerados, además de tener permiso para portar armas. Por lo general las calles, y sobre todo de noche, pertenecen a los criminales- me aclaró uno de los guardaespaldas.

Pregunté por la justicia y las cárceles. Ambos se rieron.

– La teoría prevalente es que los delincuentes son víctimas de nuestra despiadada sociedad capitalista, y por lo tanto son inimputables. Ya no hay condenas ni cárceles- me dijo con tono irónico.

Pregunté qué pasaba con las escuelas, los hospitales y las compras.

– Todo es a domicilio o por internet, siempre y cuando las personas puedan pagarlo. Hay servicios de entrega blindados para cualquier cosa. El que no puede pagarlos, está condena a ser un bruto (traducción: delincuente, “soldado”, “dealer”, narco, etc.), a enfermarse, a consumir en el mercado negro, único mercado libre- me dijo el otro guardaespaldas. Había cierta tristeza y resignación en su voz.

Entonces, concluí, no había impuestos. Ambos rieron a carcajadas por un buen rato.

– Todos tenemos que darle al “estado” el sesenta por ciento de nuestro ingreso, por los fantásticos servicios que gozamos. Con ello la casta política vive en sus fortalezas privadas como reyes- me dijo con desprecio.

Resolví no preguntar nada más. El resto de mi estadía transcurrió rápido, mientras recorría las distintas locaciones de la compañía, y en los traslados entre ellas, los guardias me señalaron a través de los vidrios blindados del auto las más variadas especies de la fauna autóctona, tal como en un safari en África. Bandas de “motochoros”, “dealers”, “patotas”, “pirañas”, “caranchos”, el ejercito narco y sus distintos rangos y puestos, todos eran marcados con precisión experta por mis acompañantes, sospechaba, gracias a un entrenamiento que iba mucho más allá de lo teórico.

El último día, mientras me dirigía al hotel, les pregunte si podíamos pasar por la Casa de Gobierno. Me miraron extrañados.

– Esta fuera de la ciudad, hacia el norte. Es un complejo rodeado por muros de tres metros custodiado por lo que queda del ejército. Aunque nos pudiéramos acercar, que no podemos, no habría nada para ver – me dijeron.

Les pregunté qué había pasado con la Casa que estaba en el centro, en la plaza principal, dónde quedaba la sede de gobierno cuando vivía aquí.

– Está abandonada hace años. Todos los edificios alrededor de la Plaza fueron abandonados y tapiados hace décadas. Con suerte algún vago duerme en ellos – me dijo uno de los guardias. Les pedí por favor que me llevaran de todos modos, que quería aunque más no fuera pasar por frente de la vieja Casa. Se miraron un segundo interrogándose mutuamente. Luego llamaron a sus superiores para pedir autorización, que luego de unos minutos les concedieron.

Pasamos como un rayo por la plaza abandonada, sucia, en ruinas y llena de vagabundos durmiendo en carpas y casillas precarias de chapas. Lejos estaba aquella plaza prolija, centro de la vida política del país, de aquel otro país que solo existía en mis recuerdos, con su vista magnífica, sus canteros prolijos y sus flores en primavera. Hasta la pequeña pirámide central había desaparecido. Ahora sólo era una pequeña villa miseria, cubierta de inmundicias y de personas abandonadas por Dios y por los hombres, símbolo de este nuevo feudo que antes fuera un país ejemplo entre las naciones.

La Casa detrás de la plaza provocaba aún más tristeza. Detrás de una reja oxidada que la bordeaba y que pretendía resguardarla de alguna forma, se hallaba el viejo edificio de paredes agrietadas, huecos en las paredes y pintura descascarada. Embadurnada en grafitis, su antiguo y famoso color era irreconocible. La mayoría de las aberturas estaban tapiadas con gruesas tablas, aunque algunas habían sido rotas, evidentemente, para dejar paso a personas que se refugiarían allí de la violencia y los elementos.

Esta súbita imagen, está foto para mi memoria, me dejó en una profunda melancolía. Casi no hablé hasta que los guardias me dejaron en el hotel. Les agradecí su compañía y me dirigí taciturno hacia mi habitación. Cuando entré en ella, me había decidido. Había un último lugar que tenía que visitar, antes de abandonar el país, esperaba, para no volver nunca más.

 

III

 

El día siguiente tomé un avión hacia mi ciudad natal, contra el consejo de los responsables de la compañía, los directivos de seguridad y hasta del gerente del hotel donde me alojaba. Todos me advirtieron de lo peligroso del viaje y de transitar por la ciudad sin escolta. Les agradecí a todos por preocuparse y tomé el primer avión de la mañana (el único en verdad), que no volvería hasta la noche, lo que me daría tiempo para visitar el cementerio y me dejaría la tarde libre.

Llegue a mi ciudad natal luego de un vuelo azaroso de cincuenta minutos. Estaba tan descuidada como la Capital, pero con menos violencia. Hice la travesía hasta el cementerio donde descansaban mis padres. Estuve allí una hora, y luego volví al centro de la ciudad, a esperar el vuelo de la noche que me devolvería a la capital. Buscaba un café protegido por guardias armados para pasar el tiempo cuando una recuerdo, un anhelo, y la emoción irrefrenable de memoria me traicionaron a través de un impulso irresistible que me llamaba hacia el barrio de mi niñez, distante unas veinte cuadras del centro. Con cierto temor, fui hacía allí caminando por calles y avenidas ahora desconocidas, viejos amigos que el paso del tiempo había desfigurado y ahora apenas reconocía.

Los recuerdos fluyeron acompañados de melancólica tristeza. Todo había cambiado, pero reconocía algunas cosas pequeñas: ciertas veredas, alguna casa en ruinas que no había sido demolida, un viejo edificio abandonado. Mi casa ya no existía. Había sido demolida hacía años y ahora ocupaba su lugar una de esas casas cúbicas posmodernas e hiper seguras, una especie de fortaleza en miniatura que desafiaba estos tiempos violentos. Hasta el mágico laurel bajo el que jugué tantas horas cuando pequeño había sido arrancado. Cerré los ojos por un instante y volvieron las imágenes de los rosales de mi madre, las plantas de ruda cuyo té debía tomar cuando me dolía el estómago, los caminitos de tierra que formaban las pistas imaginarias de las carreras de mis autos de juguete, los partidos de paleta o de fútbol en el patio de cemento donde se estacionaba ese viejo Falcon fabuloso, impecable, de color crema y techo vinílico y los cambios al volante, los calores y sombras de los veranos, los sillones y la mesa de hierro bajo el porche, el gato descansando a los pies de mamá mientras cosía, los dibujos animados, sobre todo ese melancólico y sombrío Capitán Raimar, tan serio y solitario, saliendo airoso de sus aventuras espaciales, mis pies descalzos disfrutando al agua fresca en el sol ardiente que caía sobre las baldosas rojas del patio…

Partí de la casa inexistente con el alma umbrosa y el ánimo taciturno. Caminé unas cuadras distraído y de pronto allí estaba, ese monstruo bomarziano que me observaba severo desde la vereda de enfrente. El rosetón de la iglesia me fulminaba con su mirada abstracta desde su altura titánica. De alguna forma había llegado hasta el templo, y su boca amarga, reflejo de mi tristeza, era una fuerza inexorable que me arrastraba hacia su seno.

*

   La misa continuaba su curso, aunque mi atención estaba concentrada en el hombre humilde que seguía con fervor natural y calmo el transcurso de la misma. Su pureza y dignidad contrastaban con la mujer soberbia y ostentosa hasta el ridículo en su riqueza vulgar. Pude ver que en su bolsillo izquierdo el viejito llevaba un pan cuya mitad sobresalía: fresco, parecía recién horneado, casi podía sentir su aroma inconfundiblemente agradable. Llego el momento de las gracias y el hombre se volvió con naturalidad y gracia hacia la mujer, ofreciendo su mano, arrugada, callosa, que cualquiera hubiera tomado con emoción como una ofrenda de amistad. No pude evitar mirar sus ojos, escondidos entre las arrugas de los años y sin embargo joviales y brillantes, pero sobre todo moradas de una bondad absoluta y universal, la esperanza más abrigadora condensada en esas claras y transparentes pupilas azules cielo.

La mujer miró con desdén y de arriba abajo al anciano y, con una mueca de desprecio, evitó darle su mano. Me sentí enfurecido al instante, pero para mi asombro, el hombre, lejos de enojarse, la miró con bondad y alegría, con una expresión de compasión casi sobrehumana que jamás olvidaré mientras viva. Una compasión y bondad que ningún poder en este infierno tan peculiar podrían conquistar.

Seguí observando al hombre hasta que la misa terminó. Avanzó a paso lento hasta la salida de la iglesia y luego de abandonarla prosiguió hasta la esquina y dobló a la derecha. El atardecer se deslizaba con lentitud sobre la calle, con sus nubes amenazantes, sus rosas, bordó y dorados cubriendo en tono mate el oeste encendido pero calmo, mientras la oscuridad nacía en el este, acompañada por una luna sucia y amarillenta. La calle se vació en pocos minutos dejándome sólo frente a la puerta ya cerrada de la iglesia. Ningún auto transitaba ese soledad adornada de silencio de muerte. Supuse que sería demasiado arriesgado para la gente estar en la calle a esa hora. Y allí mismo surgió la revelación.

Decidí seguir al anciano.

*

 

Se movía con sorprendente rapidez para su edad. Parecía fluir sobre aceras y calles, a paso rápido, seguro y decidido, pero flotando suave, silenciosamente.

La noche arribó sin que me diera cuenta. De pronto alcé la vista y el cielo estaba negro, sin estrellas, aunque tampoco parecía haber nubes. Sólo una negrura uniforme, profunda e inquietante, aunque no hubiera podido decir porqué. La calle estaba más desierta que nunca y el silencio era ensordecedor. Sin viento, sin ningún movimiento, sólo la luz irreal y sesgada del alumbrado eléctrico que formaba mosaicos amarillos y negros en los árboles y sombras grotescas e imposibles por doquier, se sentía en el aire el presagio de una tormenta, el movimiento silente de un peligro a punto de concretarse, el sigiloso esperar de la bestia agazapada pero anhelante, hambrienta y enloquecida. La noche presagiaba.

Mientras lo seguía, vi al cruzar una calle, dos perros que doblaban la esquina y se dirigían hacia el anciano, al trote, al que alcanzaron, y lo empezaron a seguir con paso firme. El cabo de un rato pasaron a mi lado corriendo tres o cuatro perros más, que también se encolumnaron detrás de él. Unos metros después varios gatos bajaron de árboles, salieron de patios, descendieron de muros, todos para seguir al anciano, que parecía no inmutarse por el extraño grupo de acólitos que marchaba detrás suyo. Al cabo de un rato, eran cientos de perros, gatos, todo tipo de pájaros, ratas, ratones…todos marchaban detrás del anciano, al parecer ciegos a cualquier cosa que no fuera su guía, que fluía con gracia acelerada … ¿hacia dónde?

Me di cuenta que estaba perdido. Ya no reconocía calles, ni veredas o casas. Todo era un continuo cada vez más negro y uniforme, donde no había cielo ni tierra, ni estrellas o lunas. Estaba rodeado de oscuridad. De pronto una luz tenue, casi imperceptible comenzó a brillar frente a mí, a cierta distancia. No podría decir cuán lejos: podían ser metros o kilómetros, tal era la negrura confusa y el silencio devastador que sólo cortaban mis pisadas nerviosas.

Corrí, mientras el miedo, feroz, me asaltaba desde cada rincón de mi cuerpo. Un vacio uniforme y silencioso me oprimía. Un presentimiento aciago me corroía la mente. La luz se seguía viendo pequeña y lejana, a pasar de haber recorrido una distancia considerable. Mis sentidos comenzaron a confundirme. Por momentos creía estar flotando a la deriva, luego parecía subir con esfuerzo hacia la luz, al momento siguiente parecía caer sin control, cada vez más rápido, por esa alucinación terrorífica. Esto siguió por lo que me parecieron horas hasta que, cuando supuse iba a desfallecer, la luz se acercó con velocidad considerable, hasta convertirse en un arco gigantesco y cegador. Me cubrí los ojos, tratando de evitar quedar ciego…

Estaba arrodillado sobre una superficie dura y fría, mientras me tapaba con las manos los ojos que aún me ardían. Los abrí al fin y hubiera sido mejor no hacerlo nunca. Ante mí se extendía una planicie infinita de roca, uniforme y gris hasta donde alcanza la vista. No había un solo detalle, un hito, alguna pequeña elevación que quebrara su monolítica monotonía. Si bien era de noche la piedra brillaba con luz lunar. Parecía la superficie de una asteroide o cometa, abandonado por Dios en la negrura del espacio. Por alguna razón estaba triste, una congoja abrumadora que jamás había experimentado. Diría que el Diablo había tomado mi alma y la había compactado hasta el infinito, que una presión insoportable de miles de atmósferas la hubiera condensado hasta el punto de implosionar y luego reventara cada célula de mi cuerpo en agonía por tiempo infinito. Pues esta tristeza era de aquellas que rasgaban cuerpo y alma a la vez, dejando un pozo una ausencia, un vacio demoníaco donde ni siquiera la negrura o la nada existía.

Mire en agonía al cielo y este comenzó a cambiar. Primero aparecieron débiles estrellas, cuya luz fue aumentando en intensidad hasta ser pequeños soles repartidos por la bóveda siniestra. Luego empezaron a brillar en tonos azules pálidos, para cambiar en un momento a verdes que se hicieron cada vez más fuertes para luego desvanecerse en amarillos pálidos. Finalmente se esparció desde el zénit una mancha maligna, color sangre con vetas violetas.

Desesperado miré hacia la llanura que tenía frente a mí. Ahora era un vasto anfiteatro natural que parecía bajar por miles de metros. Un agujero del infierno, a escala inhumana. Allá abajo, en el proscenio, apenas se distinguía, aunque con notable nitidez, al viejo de la iglesia, rodeado de una blanca luz fosforescente. Alrededor de él, miles y miles de chicos, todos pequeños, no mayores a diez años, lo rodeaban, y a estos, miles y miles de animales de todo tipo y clase, de todo género y especie, en círculos concéntricos cada vez más grandes que se perdían en la lejanía. Todos estaban callados, mirando fijamente, expectantes al ser sobrenatural que brillaba cada vez más. Tenía los brazos y la cabeza alzados hacia el cielo, y aunque no podía verlo, estaba seguro que estaba rezando, o recitando algún conjuro, alguna magia extrema pronta a realizarse.

El cielo ahora volvía a oscurecerse lentamente, en un crepúsculo sin sol. Me sentía viejo y sucio, corrompido, una especie de excremento cósmico, que ahora debería borrarse, cuya ignominia debía desaparecer y no ser evocada nuevamente, ni siquiera ser nombrada o recordada. Era el fin, lo sabía, era tiempo de pagar y de forma inevitable. Me sentí solo, una soledad  cósmica y abrumadora, que traspasaba cada célula de mi cuerpo.

Allá abajo, tan lejos, los círculos concéntricos comenzaron también a brillar. Su luz era parecida a la del sol cuando se levanta sobre el mar al amanecer, potente, cegadora y todopoderosa. Con angustia extrema observé que primero aquel sujeto, aquella esencia no humana flotaba y ascendía, llevando consigo los anillos concéntricos que giraban y casi podía asegurarlo, cantaban con alegría. Juraría que ese viejo ente sonreía al alejarse.

Los seguí con la mirada mientras se alejaban en la bóveda cada vez más oscura. Antes que la luz se fuera para siempre, pude ver, en los últimos instantes, como todo lo que me rodeaba, y yo mismo, nos disolvíamos en la nada.

 

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Acerca de framirez164

Escritor pincipiante. Futuro Contador Público.
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