La Diosa en la montaña.

“…tú que eres viejo; tú que conoces todas las guaridas

del Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguien-

do a las fieras, y en tus errantes excursiones de cazador

subiste más de una vez a su cumbre, dime: ¿has encon-

trado, por acaso, una mujer que vive entre sus rocas?”

G. A. Béquer

 

1

   La tarde estaba tibia y sin viento, sin brisa siquiera, lo cual era extremadamente inusual para el otoño. El camino de montaña que llevaba hasta el pequeño bosque y la cabaña era un mosaico compuesto por la roca, el aire, el cielo de azul puro y extraordinario y el verde que todavía dominaba en gran parte el valle circundante. Enfrente y extendiéndose por él  hasta donde alcanzaba la vista estaban las montañas solitarias, con su cumbres espolvoreadas con nieve.

Miró hacia abajo, al río escuálido que más parecía un arroyo moribundo, y los bancos de gravilla que se entrelazaban. A su izquierda el camino conducía, bordeando la montaña, hacia la entrada del bosquecillo, que ocultaba su cabaña. Se volvió hacia el camino y continuó su marcha. Si continuaba por el sendero y doblaba a la izquierda, estaba la laguna solitaria. Si seguía en la dirección que venía, luego de caminar unos cientos de metros empezaba a verse la cumbre ominosa de la Montaña, de aquella Diosa silenciosa que dominaba esa región vasta.

Levantó la leña que se le había caído y continuó la marcha por el camino hasta la entrada del bosque. Cuando hubo penetrado en el mismo se detuvo nuevamente.  Quedó inmóvil, como tantas otras veces, a escuchar el silencio de muerte que reinaba entre la espesa densidad de los árboles. Oprimía las sienes, el pecho y los sentidos. Era como una advertencia. Sentía que entraba en un dominio prohibido y maldito. ¿Cuántas veces había sentido aquello? ¿Miles? ¿Más? Según sus cálculos hacía diez años que estaba allí, apartado y solitario, y desde el primer momento había recibido esa advertencia. Quizás era su imaginación, pero a medida que pasaba el tiempo, aquel aviso se volvía más y más potente. Venciendo su miedo, continuó apresurado por el sendero, aunque no corriendo. Si un puma lo estuviera acechando, sería la señal para que lo ataque. Y el fin.

El bosquecillo era tan tupido y cerrado, que la luz del sol llegaba al camino como un recuerdo. El silencio de la naturaleza aumentaba aún más su soledad. Bien podría estar en otro planeta, a miles de años luz. Pero no aquí estaba. Él y la Tierra. Siguió subiendo y bajando por el sendero por  un kilómetro, hasta que llegó a la cabaña. Oculta entre los árboles, pequeña (apenas si se podía acomodar él, sus suministros y equipo para sobrevivir), pero resistente, fuerte como para soportar el peor temporal en el invierno. La había construido allí por instinto para que nadie pudiera atacarlo, ni hombre ni animal, ni siquiera algún puma desesperado de hambre, lo que era poco probable.

Dejó la leña sobre el montón que estaba acumulando para cuando llegara el inverno y se sentó sobre el grueso tronco frente a la cabaña. Diez años…había dejado atrás el mundo derrumbándose, retorciéndose en un espasmo de violencia y caos. La Tierra había hecho bien en deshacerse de ese virus que fuimos los humanos y destruirlos en ese mar de sangre y terror que se desató. Había logrado escapar por poco, y por supuesto huido al sur, a ese único lugar que verdaderamente había amado. Luego de días de luchar y de las más diversas aventuras, había llegado. Cauteloso pero emocionado, luego de caminar por el desierto flanqueado de sierras por un lado, y por el lago glaciar por el otro, vio surgir desde el recodo del camino el valle, ese valle soñado casi irreal, donde estaba el pequeño pueblito flotando en una laguna verde, mientras las montañas, sobre todo aquella diosa sagrada y terrible vigilaban; sobre la derecha y bajo sierras enormes, el río se desangraba lentamente hacia el mar lejano. Por fortuna el pueblo ya había sido abandonado, apenas con algunos destrozos, y el pudo tomar todo lo necesario para subir al sendero y armar su refugio, donde ahora contemplaba la quietud abrumadora.

Por suerte, nadie lo había seguido. Después de tantos años, estaba seguro que todos habrían muerto. No tenía como comprobarlo, pero sabía que era el último, que nadie más quedaba en el planeta. Por suerte, pensó con ironía. Construyó la cabaña escondida en el bosque por las dudas y retiró del pueblito todo lo que necesitaría para sobrevivir. Cada tanto, sin embargo, tenía que volver por algo en particular y antes de bajar, observaba desde el inicio del sendero, elevado unos cien metros, por largas horas a través de los binoculares para asegurarse que nadie hubiera llegado, como lo había hecho él años atrás.

Miró hacia la bóveda de hojas, que se empezó a mover en olas verdes, amarillas, plata y anaranjadas, que seguían hasta donde alcanzaba la vista. Olas silenciosas, que a pesar de ser movidas por un viento fuerte, como el que dominaba estas latitudes, hacían danzar la marea de miles puntos en sinfónico mutismo.

Volvía la noche, y él no quería esperarla fuera de la cabaña, pues era una bruja engañosa y mortal.

2

   La presa estaba cerca. Sentía su presencia. Era una habilidad que había desarrollado con los años. Cierto olor indefinible. Algunos ligeros y casi imperceptibles cambios en las corrientes de aire. Pero lo más impresionante: una corriente eléctrica le recorría el cuerpo, como esas corrientes estáticas presentes cuando la tormenta está cerca, que fluía por su cuerpo cada vez más rápido y que se concentraba en el estómago y el diafragma, intensa, primitiva, que lo poseía como el espíritu a la médium. El arco tenso, tenía piernas de puma y el color del entorno, los movimientos quedos y precisos del gran gato. Era la naturaleza misma, indistinguible de ella. Los latidos lentos y contenidos. No respiraba. La flecha salió volando. Todo había terminado.

De vuelta en la cabaña, comenzó a salar y ahumar las distintas partes del ciervo. Lo había desollado y destripado lejos, por los pumas. Era una operación laboriosa que le demandaba mucho tiempo. Afortunadamente. Trataba de mantenerse ocupado con las labores de la supervivencia,  para mantener la cordura. Sin embargo y a pesar de sus esfuerzos sus terrores volvían y lo perseguían. Susurros en el bosque. Voces lejanas que flotaban en el aire. Rumores casi inaudibles que le llegaban del lago, cuando iba a pescar en verano. Muchas veces encontraba explicaciones lógicas o de sentido común. Animales que pasaban, el viento, siempre presente que silbaba entre las rocas, el murmullo del agua corriendo. Pero otras veces no. Y aunque trataba de evitarla, de ir por los senderos que llevaban a contemplar su gloria inhumana, de belleza negra  y funesta, allí estaba la Diosa Montaña.

La noche era la hora aciaga. De noche se despertaban y acumulaban los terrores. Casi no dormía. Tapiaba las ventanas y la puerta, tenía a mano sus rifles y sus pistolas y se aseguraba de tener luz hasta que la oscuridad pasara. No obstante, sentía que había algo allí afuera, vigilándolo, acechándolo, rondando el bosque a la vez burlón y maligno. Esperándolo.

Pasó el onceavo invierno y su nieve extrema y llegó la primavera. Otra vez la ardua tarea de recomponer su físico, ya que quedaba muy delgado luego meses de raciones mínimas, y sus reservas para el próximo inverno. A medida que pasaba la primavera y llegaba el verano algo cambió. Le costaba rastrear presas. El viento no cesaba. El cielo, a pesar del sol austral brutal, tenía un tinte oscuro, de penumbra. Las nubes se hicieron más y más frecuentes. Hasta que una noche comenzó.

Corría por el bosque como si fuese el viento. Pero él no era el cazador sino la presa. Corría a través de los árboles compactos de hojas verdes fosforescentes. Tenía que correr o lo alcanzaría. Podía sentirla, cerca, cada vez más cerca. Los árboles se estrechaban hasta el punto de tornarse una maraña casi impenetrable. Las ramas, las espinas como espadas lo laceraban, lo cortaban, le arrancaban jirones de carne. Hasta que por fin salió a un claro no muy grande, de piedra y gravilla. Miró hacia el cielo y era púrpura y se oscurecía a cada segundo que pasaba. Del claro en medio de las montañas salían varios senderos. Tenía que tomar el correcto. Sólo si tomaba el correcto se salvaría. Eligió el de la extrema izquierda y siguió corriendo. El sendero estaba enmarcado por arbustos que le llegaban al hombro. Eran azules. Tocó uno al pasar y le cortó la mano, que sangraba profusamente. Pero no se detuvo. Corriendo siempre corriendo. Luego de horas interminables, el sendero giró abruptamente hacia la izquierda y llegó a otra bifurcación. Pero lo más aterrador: allí estaba, sobresaliendo entre las montañas más bajas, monolítica, nefasta, la Diosa Montaña.

Con terror tomó el sendero que parecía alejarlo y corrió nuevamente, y luego de varias horas llegó a otra bifurcación. Pero la diosa no se alejaba, todo lo contrario. Nuevamente tomo el sendero que parecía alejarlo y así lo hizo por un tiempo infinito (¿días, meses, años?), siempre para desembocar más cerca de la montaña. Tomó sendas a derecha e izquierda, trató de volver hacia atrás, pero solo logró acercarse más y más. Cuando la Diosa Montaña llegó a abarcar medio cielo, una fuerza magnética, dolorosa, irresistible lo condujo hacia el final de todos los caminos y lo dejó allí, desnudo sobre un glaciar rojo sangre, colosal, con la Diosa frente a él, cuya cima sagrada estaba en el zenit y su monolítico cuerpo estrechándose de horizonte a horizonte. Se arrodilló, sabiendo que era la ofrenda ritual, el sacrificio a inmolar ante aquella ira infinita.

3

   Se despertó de aquel sueño terrible sin saber dónde estaba, insano, delirante. Se abrió paso casi derribando la puerta de la cabaña y cayó en el pasto seco y las ramas frente a la pila de leña que había estado acumulando. Tardo mucho tiempo, quizás horas en volver en sí. Allí estaba el bosquecillo, silencioso como nunca, la cabaña, el sol reticente que llegaba al suelo como por lástima.

Estaba en el borde de la locura.

A partir de ese momento estuvo siempre vigilante. Cuando cazaba no sabía si era el cazador o la presa. Creía sentir que lo vigilaban, que lo miraban detrás de algún árbol o roca. Varias veces creyó ver una sombra de forma vaga, un sonido peculiar que lo seguía por el sendero. Creía ver en las nubes formas extrañas. Muchas veces se quedó quieto, parado en el medio del bosque, incluso por horas, esperando un rumor, un movimiento mínimo que delatara a su depredador. Se iba borrando de a poco la diferencia entre sueño y vigilia. No sabía cuando estaba despierto y cuando no. A veces estaba seguro que soñaba dentro de un sueño, y continuaba esa progresión hasta el infinito, envolviéndolo en una maraña mental de la que sólo podía salir luego de un gran esfuerzo. También había descuidado su higiene. Parecía un animal salvaje, un oso, o más exactamente la personificación de alguno de aquellos mitos de otros tiempos: Yeti, Pie Grande, u otra de esas tonterías. Pensar en esto le causaba gracias y reía hasta recordar que quizá su risa lo había delatado, y se incorporaba violentamente, tratando de enfrentar ese enemigo elusivo que lo acechaba.

Pasó la primavera, luego el verano y finalmente llegó el otoño. Había sido una temporada durísima. Estuvo casi todo el tiempo cazando y recolectando, y por la noche encerrado en la cabaña. Sin embargo, no había podido juntar la cantidad de provisiones que normalmente acaparaba para el invierno. Estaba desesperado. Sólo una palabra, una obsesión cruzaba su mente en todo momento: sobrevivir. Sobrevivir. Sobrevivir. Sobrevivir. Sobrevivir. Sobrevivir. Sobrevivir. Sobrevivir. Sobrevivir, se repetía todo el tiempo.

Un atardecer al final del otoño, cuando el frío comenzaba a sentirse en la montaña, mientras volvía de una caza infructuosa, se paró en seco en el sendero. Venía de lejos, por el sendero que llevaba al Torre. No hacía tanto frío. Había humedad en el aire y cierta sensación eléctrica: mal presagio. El pelo de todo el cuerpo empezó a erizársele, como cuando se frota un objeto de goma y se lo acerca al cabello. Había parado el viento, lo cual más que anormal, era atemorizante. Estaba cerca de su casa, había llegado a la laguna. Sintió una opresión creciente en la nuca el cuello y la espalda. U pelo se había erizado de tal forma que parecía un puercoespín. Su corazón golpeaba con tal violencia su pecho, que pensó que iba a morir, si no hacía algo. Se dio vuelta hacia atrás y enfrentando la Montaña le gritó:

– ¡Noooooooooooooooooooooo! – un alarido brutal, de ferocidad extrema, que le vació los pulmones en un solo grito de furia, un desafío absoluto e inclaudicable.

Inmediatamente surgió de detrás de la Montaña, que estaba rodeada de una aureola negra de nubes de tormenta, como sola respuesta, un rayo único, apocalíptico, que cruzó todo el cielo, de horizonte a horizonte, ramificándose en miles y miles de ramas y ramas incandescentes rojas, azules, violetas, como un fuego de artificio malvado y demoníaco.

La dureza y crueldad del rayo fue tal, que lo derribó y dejó sordo e inconsciente. Se despertó tiempo después, en plena noche, y corrió enloquecido adivinando el sendero, hasta la cabaña, cerró la puerta y ya no volvió a salir de ella.

4

   El infierno se desató desde ese momento. Una infierno pequeño, circunscripto a su pequeña cabaña. No había tiempo, ni días, ni noches. Días, meses, no significaban nada. Solo un continuo de terror. Sentía que fuera de la cabaña bramaba el viento, llovía o había calma, pero nada más. Caminaba los dos metros que había libres de cosas. Iba y venía, iba y venía. Comía mal y dormía peor. Sueño y realidad eran lo mismo. Corría por laberintos de senderos infinitos. Se ahogaba en la laguna helada frente al glaciar que bajaba de la Torre. La Montaña lo tragaba y digería en sus venas de lava ardiente.

Finalmente, mientras su mente se deshacía en la locura, sintió que un vendaval fuerte azotaba la cabaña. Un huracán, si eso fuera posible en estas latitudes y en la cordillera. Mientras la tormenta arreciaba y amenazaba con derribar el refugio, comenzó a oír primero apenas audible y luego con mayor y mayor intensidad, que algo golpeaba la cabaña. Un golpe seco y fuerte, un martillo gigante que arremetía contra la pequeña cabaña. Al borde de la razón, se tapó los oídos con la palma de las manos, lo más fuerte que pudo.

– ¡No es real, no es real, no es real! – se susurraba al principio, para luego gritar a todo pulmón cuando los golpes se hicieron insoportables por su volumen. A punto de desmayar, tomó sus armas, machete y cuchillos, abrió la puerta y salió corriendo por el sendero. La tormenta había pasado. Estaba todo cubierto de nieve y el camino estaba apenas claro. Era de noche, pero había luz de luna, aunque no pudiera verla. ¿Cómo podía haber luz de luna sin luna? El miedo lo abrumó como un torrente que rompe una represa e inunda la llanura circundante.

Un leve brisa movía los árboles cubiertos de nieve y hacía brillar mil luces microscópicas, así como en el camino y las rocas que lo rodeaban. Como en un sueño, la brisa parecía llevarlo flotando, suave, quedamente, hacia adelante, volando hacia una orilla apenas perceptible. Todo estaba en silencio. No sabía si alucinaba, si estaba en un sueño, o si realmente avanzaba por el sendero. ¿Cómo saberlo? Quizá nunca lo sabría.

Estaba en la orilla de la laguna. De alguna forma había llegado hasta allí. Miró hacia el cielo y vio con sorpresa unas luces hermosas, verdes, azules, plata, doradas que flotaban y se movían en ondas por el cielo, como olas que llegaran a una orilla remota desde un mar infinito. Nunca hubiera imaginado que pudieran existir esos colores. La laguna no estaba congelada. En invierno, debería tener toda su superficie congelada, pero sin embargo, por alguna razón desconocida estaba líquida, aunque inmóvil. Un enorme espejo negro.

Por una mezcla de incredulidad y miedo cerró los ojos. De inmediato sintió una presencia fuerte, demoníaca, absoluta e irresistible a sus espaldas, en dirección a la Montaña. El monolito gigante lo llamaba y su voz era irresistible. No quería abrir los ojos pero debía abrirlos. Así lo hizo y quedó petrificado como un ratón hipnotizado por una serpiente.

El color del cielo era púrpura y latía como un corazón, en ondas rojo sangre. Sobre una niebla fosforescente sobre la laguna flotaba una figura femenina amenazante, maligna, irónica. Su túnica blanca que abarcaba toda el agua hasta donde llegaba su vista flotaba alrededor de ella mecida por brisas invisibles. Jamás había sentido tanta maldad acumulada en una sola entidad. Luego notó su rasgo más terrible: entre la cabellera rubia que se retorcía y giraba en el aire, la Diosa no tenía rostro.

Su corazón no latía. Por sus venas corría hielo. No tenía piernas ni brazos. No había nada, excepto su visión de aquel demonio. Cuando comenzó a acercarse flotando sobre el agua, algo se despertó,  sin embargo. Un último deseo de supervivencia, una última chispa de voluntad apenas humana. Corrió, corrió y corrió. Ya no había sendero, solo corría entre rocas primero, entre arboles congelados después. Corría por el bosque y aunque no miraba hacia atrás sabía que la oscuridad lo perseguía, acercándose. Corrió hasta que ya no hubo bosque, solo una negrura indefinida e infinita.

5

   El invierno pasó y llegó la primavera. La nieve desapareció y volvió el verde en los arbustos que rodeaban los senderos, así como en los arboles de los bosques que estos atravesaban. Estos últimos estaban tan silenciosos como siempre, aunque nadie hubiera para escucharlos.

Si hubiera existido algún ser humano, que no había en todo el planeta, y se le hubiera ocurrido llegar al pequeño pueblito de cordillera escondido entre sierras y montañas y luego subir por el sendero que nadie utilizaba ya, pero todavía claramente distinguible entre arroyos, rocas y bosquecillos, habría encontrado a un kilómetro de sus comienzo una escena singular.

Un esqueleto yacía recostado contra un árbol. Estaba limpio, sin vestigios de carne, sus huesos  un poco desordenados. Quizás habría sido comido por un animal, pero no habría forma de saberlo. A su alrededor y al alcance de sus brazos había varios cuchillos, rifles y pistolas sin usar, con sus cargas completas.

Una leve brisa agitaba el mar de hojas verdeazuladas  y plateadas sobre los restos.

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Acerca de framirez164

Escritor pincipiante. Futuro Contador Público.
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