El infierno circular (Parte IV)

 

Earth Rising

4

Heinz despertó bruscamente de un sueño espantoso. Se agitó, incontrolable, mientras varios sujetos lo retenían de brazos y piernas. Estaba todo sudado, de pies a cabeza. Un sudor frío, un sudor de miedo. Estaba enfundado en un traje extraño, no en un uniforme habitual.

– ¡Sargento! ¡Contrólese! – le dijo una voz imperativa. El superior,  de aspecto despiadado, estaba parado frente a él. Como se seguía revolviendo en su asiento, desenfundó el arma y le apuntó – ¡Quieto soldado! – todos trataron de calmarlo. Al fin, Heinz se tranquilizó. El teniente guardó el arma y volvió a su asiento, mientras lo observaba con odio, al igual que el resto de los soldados. Era una cabina pequeña, para diez soldados incluidos Heinz y el teniente, todos apretados en sus trajes entre las armas y otras cosas. A continuación una cabina más pequeña, donde  dos pilotos operaban la pequeña nave.

– Un minuto – sonó un altavoz. Todos comenzaron a prepararse. Revisaron armas y equipos. Heinz estaba aturdido. Una voz lo sorprendió a su lado. – ¿Primera vez peleando en La Luna, Sargento? – el muchacho de fuerte acento ruso, lo miraba inquisitivo. Respondió afirmando con la cabeza. Observó luego por la pequeña ventanilla como el paisaje blanco y acerado, inhumano, que semejaba nieve grisácea,  bajo un cielo absolutamente negro, flotaba suavemente bajo la nave. Todos prepararon y se calzaron sus cascos, y en tensa calma, se prepararon para la apertura de las puertas y el infierno que ello traería. La Luna.

El infierno, pensó Heinz, mientras hacía lo mismo. Vagamente recordaba ahora que había sucedido antes de despertarse. Con desesperación, miró a los demás, los rostros adustos, la mirada fija al horizonte, dura, en un punto más allá de la pequeña cabina que los contenía. Miró al Teniente, su cara surcada de cicatrices, un asesino experto, supuso. ¿Sería el esta vez? Lo dudaba, aunque su aspecto amenazante lo alarmaba. En todo caso esta vez tenía la ventaja, porque sabía con cierta certeza lo que vendría. La clave estaba en la palabra “cierta”. No sabía cómo se manifestaría, pensó. Jamás lo reconocería hasta que sucediera  pero era esa incertidumbre lo que lo aterraba, además de la insufrible agonía que vendría luego. En todo caso, trataría de torcer los acontecimientos a su favor.

El vehículo descendió lentamente, como si estuviera en un colchón de aire, y casi ni se notó cuando toco la superficie. Se abrieron las puertas y todos descendieron, mientras el transporte flotaba silenciosamente hacía adelante, elevándose, retirándose del campo. Al mismo tiempo, notó el resto de los transportes – ¿serían cientos, miles?- que dejaban sus pelotones y luego flotaban en silencio por el cielo negro. El teniente ordenó avanzar por la radio, pero Heinz no estaba dispuesto a seguir con la farsa. Levantó el arma y disparó, matando al teniente y todo el pelotón. Matar en silencio, pensó, era extraño. Luego se alejó de la batalla, volando suave a dos metros del suelo, hacia el horizonte desconocido.

Siguió volando entre cráteres, afloramientos y planicies blancas y grises, hasta que lentamente se elevó por el horizonte, magnífica contra el cielo oscuro, la pequeña perla azul, verde y blanca. Heinz se detuvo, conmocionado, y con asombro reflexionó ante aquella aparición sobrenatural. Allí estaba todo, pensó. En esa pequeña canica de colores, que de tan  pequeña parecía poder bajarse del cielo para jugar con ella, estaba la historia de todos los hombres, grandes y pequeños, poderosos o miserables, genios o idiotas, que fueron, son y serán, todos y todo en esa diminuta partícula azul. Desde allí arriba, pensó Heinz, se apreciaban claramente y en perspectiva, los problemas imbéciles que había creado el hombre, todas miserias por las que habían matado a lo largo de su ridículamente pequeño recorrido a lo largo del tiempo, despreciable en las escalas que proponía el cosmos. Desde allí todo era más angustiante y deprimente, pues ¿Qué significaban los hombres, cualquier hombre, él mismo  en esa vastedad? Se dejó caer en la fina arena lunar. Nada, una luz efímera, una chispa insignificante entre vastos vacios inhumanos. El hombre era una broma, un absurdo en el universo. Y su sufrimiento era una suprema perversión, un regocijo retorcido de una mente poderosa, pero enferma.

No se resistió. Solo tuvo que esperar un momento hasta que apareció, flotando, sus ojos fosforescentes, radiactivos, malignos, que lo quemaban profunda y dolorosamente, como un ácido invisible que con sádica lentitud le perforaba la piel. Sintió una carcajada escalofriante, profunda, mientras el traje se le rasgaba por la mitad, expeliendo el aire presurizado. Mientras la sangre le hervía, y el cuerpo se congelada en el frío del infierno lunar,  un dolor tan abrumador como difícil de explicar, pues tal era su potencia, que salía de cualquier escala, un último pensamiento brotó del cerebro agonizante.

Jamás podré escapar, pensó Heinz antes de morir.

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Acerca de framirez164

Escritor pincipiante. Futuro Contador Público.
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