El infierno circular (Parte III)

Afganistán

3

Heinz despertó bruscamente de un sueño espantoso. Le dolía  la cabeza. Un dolor feroz, agudo le recorría desde la sien hasta la nuca, sobre el oído izquierdo. Estaba cansado, muy cansado. Todo su cuerpo parecía pesado, oprimido. Le dolían las extremidades. Sentía agujas en los ojos. Un ruido persistente y fuerte retumbaba en sus oídos. Estaba volando en helicóptero sobre el desierto. No se sobresaltó al descubrirlo.

¿Pero qué desierto? ¿En cuál guerra estaba?

El sargento hizo la seña indicando que faltaba un minuto para la zona de aterrizaje. Todos revisaron sus armas. Un compañero a su lado le pregunto mediante señas si se sentía bien. Heinz asintió. Reviso su arma. Estaba sentado junto a la puerta abierta del helicóptero. Abajo discurría un paisaje de color monótono, entre marrón y caqui. Un vasto desierto de roca y tierra entre montañas y quebradas. ¿Y estaban peleando por esto? ¿Qué hacían allí? Unas aldeas miserables pasaron volando de la nariz a la cola bajo el aparato. Luego nuevamente el desierto. Se miró el uniforme, que tenía un camuflaje extraño, que nunca había visto, aunque seguro servía para aquel ambiente. Reconoció la bandera norteamericana en la manga, debajo del hombro.

Estaba inquieto. Déjà vu: esto ya lo había experimentado. Una sensación ominosa lo colmaba. Algo terrible iba a pasar. Sin embargo, no podía determinar el origen ni hacer nada: el helicóptero ya iniciaba su descenso. Todos se prepararon para descender y desplegarse rápidamente. Todos estaban tensos, como perros a la espera de ser soltados por su amo para ir por la presa. El suburbio de un pueblo o ciudad se acercó rápidamente por la proa. Un conjunto de casas precarias, miserables  y calles irregulares y polvorientas. Basura por todos lados. A medida que el suelo llegaba, todo salió volando por el aire, una nube de suciedad, arena y tierra que rodeaba la máquina.

Tocaron tierra. El pelotón se dispersó rápidamente. Los rotores arrojan un tornado espeso a su alrededor. Heinz se volvió a mirar al helicóptero en el mismo instante en que estalló, por un misil, arrojándolo contra una pared varios metros delante de él. Al mismo tiempo, los soldados  enemigos los atacaron. Se incorporó aturdido, mientras veía en cámara lenta, como sus compañeros eran masacrados, uno por uno, en medio del caos de fuego, humo y gritos. Un hombre, luego de ultimar a su sargento, volvió en su dirección, muy despacio. Aunque quiso moverse, no pudo. Cuando el hombre llegó hasta él, pensó que era su fin. Sin embargo el hombre levantó su rifle y luego le dio un golpe tan fuerte, que todo se volvió tinieblas al instante.

Todo fue confusión luego. Era un cuento absurdo, lleno de imágenes inconexas, situaciones sin sentido, con intervalos de dolor insoportable, golpes y gritos. Al fin, se despertó en el piso de un cuarto mugriento, apenas iluminado, sin mueble alguno. Estaba ensangrentado, semidesnudo, con cortes en sus brazos, pecho y la cara, que estaba hinchada. Apenas si podía ver a través de sus ojos. No sentía las piernas. Respiraba mal, como si una prensa le oprimiera el pecho. Pero lo más espantoso fue descubrir sus genitales del tamaño de pelotas fútbol. El dolor era agónico, agudo y persistente, que volvía en olas de fuego recordando la tortura.

Un hombre entró golpeando con violencia la puerta. Traía un jarro en la mano. Se acerco y tomándolo con fuerza del pelo, comenzó a gritarle en una lengua que no comprendía. Luego le habló más tranquilo, riéndose, con una voz burlona y maligna. El hombre lo soltó y arrojó la comida que traía en el jarro al piso.  Cuando oyó la cerradura de la puerta, se arrastró como pudo hasta la comida, y a pesar de estar llena de gusanos, y el piso infestado de cucarachas, comió con desesperación.

Se apoyó luego en la pared, exhausto. Pensó, trató de pensar, que hacía allí. Recordaba el helicóptero, se había despertado allí, el despliegue…pero nada anterior. Estaba muy cansado.  A pesar del dolor, se durmió pronto. Tuve un sueño intranquilo, furioso y confuso, lleno de imágenes grotescas y sensaciones extrañas, como si su mente fuera un teatro infernal y el a su vez audiencia y actor, una comedia sarcástica y sulfurosa, interpretada dentro de un volcán en erupción, en el centro de la tierra. Soñó que fue un brujo cacique prehistórico, revolviéndose en el éxtasis de la sangre y la matanza, arrancando y comiendo los cerebros crudos de invencibles enemigos; fue dios- faraón egipcio, conquistando tierras con brutalidad inimaginable, aplastando ejércitos contrarios; legatus romano, dirigió legiones invencibles en tierras galas, arrasando hombres, mujeres y niños; caballero medieval, defendiendo el bastión cristiano contra los infieles numerosos; mariscal napoleónico y coronel general  acorazado, luchando ambos en las tierras congeladas del norte lejano, en la llanura infinita de hielo… luego lucho en el espacio aterrador y silencioso, en planetas inverosímiles, liderando grupos de ejércitos de máquinas extrañas y malignas, siempre masacrando, en una orgía perpetua de sangre,  carne y torturas, de sadismo más allá de toda imaginación, como si viviera una y otra vez una vida demencial  y recurrente…

Cuando despertó, mientras era pateado y arrastrado por un pasillo sucio e inmundo, creyó entrever, adivinar, que era todo aquello. Fue una luz negra e infernal que alumbró el paisaje ominoso de su destino por un instante. Pero no tuvo tiempo de hacerlo totalmente consciente, ya que otra vez lo golpeaban, con más saña, hasta dejarlo apenas en un hilo de cordura. Arrodillado en el piso un hombre lo sostenía fuerte por la cabeza, como si una pinza metálica gigante lo inmovilizara. Frente suyo, una cámara grabando, mientras alguien, a su derecha, encapuchado, leía y gritaba una diatriba, exaltado, furioso, cual dios que repartiera un castigo salvaje y definitivo a los pecadores. Cuando la alocución terminó, todos los encapuchados lo miraron, excepto el hombre que lo sostenía.

Lentamente, giró su cabeza hacia arriba, para que pudieran verse cara a cara, y claro, no era un hombre, pues allí se encontraban aquel par de ojos malignos, fosforescentes, quemándole la cara, cegándolo como si le volcaran ácido en los ojos, que le mostraban en sus últimos destellos el machete afilado, mientras reía una y otra vez su risa de hiena contralto. Su visión final, luego que le cortara todo el cuello, mientras todo se apagaba, fue las paredes, el piso y el techo del cuarto girando a su alrededor, mientras su cabeza cercenada giraba en un charco de sangre en el suelo polvoriento.

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Acerca de framirez164

Escritor pincipiante. Futuro Contador Público.
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