El infierno circular. (Parte II)

Vietnam

2

Heinz despertó bruscamente de un sueño espantoso. Estaba tendido boca arriba. Tenía la visión borrosa. Todo era verde, estaba dentro de un mundo verde. El pecho le dolía y respiraba con dificultad. Poco a poco su visión se fue aclarando, y de pronto, con los ojos ya despiertos, se encontró en medio de una espesa jungla. Una pared verde se desplegaba a izquierda y derecha, hasta donde alcanzaba a ver, y bajaba del cielo desde una altura que no podía precisar. Más exactamente, estaba dentro de una red intrincadísima de plantas enormes con apariencia feroz, que lo envolvían infinitamente. Le dolía el pecho. Una puntada penetrante que iba y venía, dolorosamente. Estaba todo empapado, pero no de agua, sino de sudor. Sudor caliente y viscoso que le cubría el cuerpo, debajo del uniforme, de pies a cabeza. Unas gotas persistentes caían de su frente, y también de su nuca ardiente. Se enjugó la frente, pero al segundo, otra vez las gotas gruesas de sudor. La humedad era insoportable, se respiraba como a través de una cortina de agua y los pulmones tenían que hacer un esfuerzo extremo. Mecánicamente, levanto el rifle que estaba a su lado y se acomodó la mochila entre los hombros. ¿Dónde estaba?
– ¡Hey! ¡G! – Así parecía que lo llamaban, G – ¡Hey! ¡G! ¿Estás ahí? – susurró una voz a su izquierda. Se escuchaba perentoria y preocupada.
– Sí – respondió sencillamente.
– El teniente dice que nos preparemos, mensaje de inteligencia, podría haber actividad de Charlie en el área – dijo.
Charlie, pensó Heinz. ¿Charlie? Su mente estaba entumecida, sin duda por el calor agobiante, pero también por algo más que no pudo definir. Hizo un esfuerzo, que le hincharon las venas de la sien.
– ¡G! – Volvió la voz – ¿Me escuchaste?
– Ok – respondió sucintamente Heinz. La voz estaba a unos metros a su izquierda, pero no podía ver al hombre. Tan densa era la selva. Un infierno verde.
Sus manos parecían tener vida propia, como si repitieran un ritual ejecutado hasta el infinito. Puso los cartuchos velozmente, revisó las granadas, para tomarlas rápidamente y aseguró el arma para poder disparar al instante. Ajustó su casco. Se vio las manos. Estaban llenas de picaduras, hinchadas y enrojecidas. Miró hacia el suelo y estaba lleno de hormigas y otros bichos asquerosos. También tenía muchos en sus ropas. Se sacudió con desesperación y se revolcó en su sitio, tratando de hacer el menor ruido posible. Se calmó cuando comprobó que su lugar estaba relativamente despejado de insectos. Cuando se serenó se dio cuenta que un silencio mortal había invadido la jungla. Sólo podía oír su propia respiración.
Pasó un tiempo interminable, no sabía si minutos u horas. De pronto, a la izquierda, un silbido ahogado, distintivo, salió de la maraña verde. Heinz miró hacia donde provenía el sonido y vio un brazo en alto, con el puño cerrado saliendo detrás de una mata de hojas enormes. Era el teniente. No avanzar. Quedarse quietos. Por las dudas, levantó y apuntó su arma a la selva frente a él. Un rato después, con el rabillo del ojo, pudo ver una figura moverse. Un hombre avanzó desde su línea, muy despacio, como si estuviera caminando entre minas. Apuntaba también hacia la jungla. Caminó unos quince metros, se detuvo e, inmóvil, y con todos sus sentidos, exploró la selva petrificada delante de él. Nada. Jungla mortal y silenciosa y nada más. Bajó el arma, y cuando se dio vuelta para regresar a la línea, el infierno se desató.
Balas trazadoras volaron hacia ellos desde todas direcciones. El explorador recibió rápidamente un disparo en la cabeza.
– ¡Contacto! – rugió el teniente a todo pulmón y todo el pelotón comenzó a disparar con furia.
Una tormenta de balas cubrió de ruido ensordecedor la selva. Después de descargar sus primeros cartuchos, Heinz escuchó un grito horrible. Continuó descargando el siguiente cartucho y cuando lo terminó, escuchó:
– ¡G! – un nuevo grito desesperado – ¡Estoy herido! – Más balas zumbando cerca de su cabeza – ¡G! – gritó el soldado a su derecha.
Heinz tomó un par de granadas y las arrojó lo más lejos que pudo, hacia la línea del enemigo. Continuó disparando hasta que las granadas explotaron, con un ruido fuerte, sordo, seguido por una lluvia de hojas, tierra y mugre, a unas decenas de metros frente a él. Se levantó para ir a socorrer a su compañero, cuando el fuego de mortero comenzó a caer sobre ellos. No había alcanzado a dar dos pasos cuando una descarga cayó justo donde el soldado que gritaba por ayuda estaba, destrozándolo. El impacto fue tan fuerte que hizo volar a Heinz por el aire, en medio de una nube de basura, sangre y ramas. Cayó aturdido, desorientado y escuchando un silbido penetrante en sus oídos.
Pasó un tiempo largo sin poder incorporarse. Todavía aturdido, se arrastró por la selva, tratando de alejarse. Al cabo de un rato, se apoyó en un árbol, mientras recobraba el aliento. Estaba oscureciendo. Busco su rifle, pero lo había perdido. Sólo le quedaba su pistola, y cinco cargadores. Se percató de que la selva estaba silenciosa otra vez. Muerta. El pánico brotó, a borbotones, desde lo más profundo de su cuerpo. Era tal el miedo que lo invadía, que podía sentir físicamente como lo llenaba, hasta transpirarlo por su piel. Sus manos comenzaron a temblar sin control y estaba nuevamente empapado en su sudor, pero esta vez helado. Cerró los ojos para intentar controlarse, pero fue peor, ya que de inmediato escuchó, o creyó escuchar, movimientos débiles, no muy lejos detrás de él.
Sintió entonces como una ola de fuego reemplazaba el temblor y la frialdad de su cuerpo y a pesar de estar aterrado, se incorporó violentamente y echó a correr. De inmediato, las balas trazadoras, miles, comenzaron a rebotar junto a él, delante de él sobre él, a la vez que un grupo numeroso comenzó a gritar detrás suyo, a no más de 50 metros, en un lenguaje que no distinguía. Indicando seguramente donde disparar para matarlo. Heinz corrió salvajemente, esquivando árboles, matas y cosas que en la semioscuridad no podía identificar. El miedo lo impulsaba en su carrera enloquecida, como si un instinto puramente animal lo impulsara más allá de sus fuerzas a sobrevivir, a cualquier costo. Las balas picaban ahora un poco más lejos, pero comenzaron a llover cargas de mortero otra vez, rodeándolo. Giró bruscamente a la derecha, sin disminuir la carrera y atravesó las nubes de tierra y barro hasta dejas las detonaciones atrás.
Finalmente llegó a un pequeño claro al borde de un río, donde agotado, se desplomó boca abajo. Estuvo jadeando y recuperando el aliento, por lo que le pareció una eternidad, hasta que sintió, inconfundible (¿pero por qué?), una presencia espeluznante frente a él. Levantó la vista y allí estaba, parado entre el sol que se ponía y él, una silueta oscura, en la que sólo se distinguían dos terribles, pequeños y malignos ojos fosforescentes, que le quemaban la cara y la vista al mirarlos. Empuñaba un rifle hacia él. Así estuvieron un momento eterno, mientras Heinz estaba paralizado, hipnotizado por ese diablo oscuro. Escuchaba los soldados enemigos acercarse detrás de él, pero sólo podía mirar, mientras le salían ampollas en la cara y los ojos, esos dos aterradores puntos fosforescentes, en los que se podía sentir una maldad absoluta. Escuchó una carcajada profunda, gutural, que le hizo alcanzar una nueva cota de miedo indescriptible; luego el disparo, a la vez que sentía como la bala le arrancaba una parte de la cabeza. Cayó lentamente, mientras una lluvia de clavos calientes le destrozaba los nervios y le quemaban cada vena del cuerpo. Estaba en el suelo. No podía gritar su dolor, pero todavía podía ver, aunque de forma decreciente, a los soldados enemigos que lo habían alcanzado, mientras se juntaban alrededor suyo, mirándolo mientras se moría. Al fin, en medio de un dolor más allá de toda descripción, sus sentidos se apagaron.

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Acerca de framirez164

Escritor pincipiante. Futuro Contador Público.
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