El infierno circular. (Parte I)

lesboches1917

¡Oh ciega avidez!, ¡Oh loca ira,

que tanto nos acucia en la corta vida,
y en la eterna luego a tanto nos inmola!

Dante, Infierno, Canto XII

1

Heinz despertó  bruscamente de un sueño espantoso. Había un ruido atronador por todas partes. Pero no era un ruido continuo, sino una serie de explosiones tremendas, como si sucesivas granadas le estallaran dentro del cráneo o una serie de volcanes catastróficos reventaran cerca. Tardó un momento en aclarar su visión borrosa. Cuando lo hizo, sólo pudo distinguir tierra y humo volando sobre su cabeza. Estaba en un pozo, podía ver uno de sus bordes. Tenía los  pies horriblemente congelados. Las manos también, además de sucias y de un color extraño.

¿Cómo había llegado hasta allí? Miró a ambas lados y vio a los demás, acurrucados, sucios y tapándose los oídos o tomándose la cabeza, como él. Los cascos se repetían como hongos fantásticos, en una hilera interminable, sólo interrumpidos por las escaleras para trepar la trinchera hacia el campo. Barro por doquier, charcos de agua putrefacta. El cielo era de un color gris tristeza, tristeza infinita. Además del terrible olor a pólvora y el ruido insoportable, había un olor nauseabundo, hediondo y penetrante. Olor a muerte. A miles de muertes. Por sobre las trincheras, el alambre de púas cubría todo, como arbustos  desesperados y ominosos.

Un sargento u oficial venía caminando agachado por la trinchera y blandiendo una pistola y un silbato. A pesar de que gritaba, no se oía en absoluto lo que decía. Era sólo una mandíbula moviéndose frenéticamente, por debajo de unos ojos desorbitados. Apestaba a miedo. Cuando llegó hasta su posición, el bombardeo cesó repentinamente.

– ¡Preparen las armas, municiones y granadas a mano! ¡Preparen las bayonetas! ¡Cuándo escuchen el silbato, suban rápido por la escalera y corran al ataque!- gritó a todo pulmón.

Heinz no se había dado cuenta, pero tenía el fusil en sus manos. Lo miró como si sostuviera un instrumento incomprensible; se quedó viendo el arma, como un idiota mira el mundo inentendible a su alrededor. De pronto sintió que lo tomaban con fuerza por las solapas del uniforme y lo levantaban.

– ¡¿Me escuchó, soldado?! ¡Prepare el arma, imbécil! ¡Atacamos en un minuto! – aullaba el sargento u oficial, la cara pegada a la suya, el aliento ardiente y espeso, resumen de varias botellas de algún aguardiente fuertísimo.

Lo soltó con un empujón hacia atrás, que lo tiró contra la pared de la trinchera. Cuando rebotó, le dio una cachetada tremenda, que lo precipitó al barro repugnante. Luego se alejó gritando. Heinz se levantó y levantó el arma. La limpió y colocó la bayoneta, mecánicamente, como si fuera sonámbulo, y se quedó esperando. Sentía frío, mucho frío, tenía congelada el alma. Se limpió la cara de barro y se ajustó el casco. A su alrededor, caras impregnadas de terror, de pavor como el que sólo un animal en peligro inminente puede sentir.

Sonó el silbato. Un solo grito, un rugido salvaje, brotó de la trinchera. Se sintió empujado, levantado hacia la escalera. Era el primero. Subió las escaleras, como pudo, mientras las piernas le temblaban y las manos se le resbalaban de los escalones. Trabajosamente llegó a la cima, se aferró al último peldaño y se empujó hacia el campo.

El tiempo casi se detuvo. Transcurría lentamente, era una sustancia viscosa en la trataba de avanzar. El campo era sólo una gran nube gris, que comenzaba a unos diez metros delante de él, una esfera infinita y uniforme. Podía ver las balas que trazaban su camino hacia él desde un punto en el horizonte invisible, y que al llegar a su línea se apartaban para pasar a derecha e izquierda. Una lluvia de balas horizontal. Parecían pasar minutos, horas, días. No se movía, no había nadie más aparte él, como si estuviera parado en medio de una masa grisácea envolvente y eterna. El universo parecía haberse reducido a esa esfera que lo encapsulaba enteramente, dónde sólo reinaba un terror incomprensible.

La uniformidad luego se quebró y unas sombras se desdibujaron lentamente frente a él, toda una línea de ellas, de horizonte a horizonte, primero apenas bultos borrosos un poco más oscuros que la sustancia gris, luego cada vez más definidos. Corrían todos hacia la trinchera, uno directo hacia él,  a una velocidad pavorosa. Las siluetas se hicieron reconocibles  a los cinco metros. Mientras el pánico lo invadía, trato, lenta, muy lentamente de levantar su fusil. Parecía que sus brazos no le obedecían o que, a pesar de aplicar toda su voluntad, toda la fuerza que podía juntar, en un esfuerzo sobrehumano, sólo podía levantar el fusil muy, pero muy despacio, tal como en las pesadillas. Antes de que alguna otra imagen fuera procesada por su cerebro, sintió un golpe brutal, como si lo atropellaran varios trenes, y medio segundo después de flotar en el aire, otro golpe seco, que lo apagó todo, como si una llave se hubiera bajado y cortado todos los circuitos de su percepción.

Silencio absoluto. El dolor lo invadió, instantáneo, luego de un momento de aturdimiento. Parecía que le estaban arrancando la columna tirando desde el coxis hacia arriba, hasta llegar al cráneo, el cual le extirpaban con el impulso de un tirón brutal. Se arrodilló como pudo mientras babeaba y sangraba a borbotones por la nariz y boca. Estaba nuevamente en el fondo de la trinchera. Levantó la vista. El soldado enemigo estaba frente a él, inmóvil, sosteniendo su fusil. Miró su rostro. Nada se veía de él, por estar a contraluz, excepto dos pequeños, malignos y espeluznantes ojos fosforescentes, que lo quemaban dolorosamente al mirarlo.

Una carcajada chillona, maligna, de cien hienas sarcásticas y burlonas, lo abrumaron, a pesar de estar completamente sordo. El soldado con ojos de demonio levantó el fusil y luego descargó un golpe fuerte, preciso, atravesándole el corazón con la bayoneta. El dolor fue agudo e instantáneo, como si le desgarraran a mano la carne. Sentía como la sangre salía en un chorro potente, de manguera a presión, mientras se le vaciaba el cuerpo. El demonio seguía riéndose, y rápidamente los sentidos se le apagaron, excepto la vista, que disminuía lentamente, mientras miraba al cielo gris triste.

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Acerca de framirez164

Escritor pincipiante. Futuro Contador Público.
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